Un grupo de historiadores y expertos en urbanismo ha llevado a cabo una evaluación detallada sobre la evolución del crecimiento de Guayaquil, analizando cómo la urbe porteña pasó de ser un asentamiento reducido a una metrópoli masiva, y cuáles son los desafíos estructurales que deberá enfrentar en los próximos años para garantizar su sostenibilidad.
El origen de la expansión de la ciudad se remonta a sus cimientos en las faldas del cerro Santa Ana. Sin embargo, el proceso de crecimiento se aceleró significativamente tras la superación de los grandes incendios de 1896, extendiéndose hacia inicios de la década de los veinte. Un factor determinante en este proceso fue la crisis agrícola provocada por las plagas de la monilia y la escoba de la bruja, que causaron la pérdida de la mayoría de los cultivos de cacao. Esta situación detonó una migración masiva desde el campo hacia la ciudad, donde el intenso flujo del movimiento portuario se convirtió en la principal fuente de subsistencia para miles de familias.
De acuerdo con el historiador Melvin Hoyos, Guayaquil mantuvo inicialmente un crecimiento ordenado. En sus primeras etapas, la superficie urbana abarcaba 484 hectáreas y albergaba a unos 90.000 habitantes. No obstante, en los 105 años siguientes, este territorio experimentó un aumento exponencial hasta alcanzar las 35.400 hectáreas actuales, soportando una población que ya supera los 3 millones de personas.
El desarrollo demográfico se extendió primeramente hacia el sur, tomando como ejes la calle El Oro y el barrio Centenario, en proximidad a haciendas como La Esperanza, Chala, Guasmo y La Saiba. Durante este periodo, la configuración de la ciudad estuvo delimitada por barreras naturales: el río Guayas al este, el estero Salado al oeste y el cerro Santa Ana al norte.
La evolución de los barrios siguió un patrón mixto. Hoyos señala que la expansión fue regular en el barrio Orellana durante los años cuarenta, en Urdesa a mediados de los cincuenta y, posteriormente, en sectores como Los Ceibos, Paraíso y Miraflores. En contraste, entre las décadas de los sesenta y setenta, se registró un crecimiento irregular en las riberas del estero Salado, en Cristo del Consuelo y en los Guasmos.
Un cambio estructural clave ocurrió en 1963 con el traslado del puerto marítimo hacia el estero del Muerto. Alexis Macías, coordinador de las carreras de Ingeniería Civil y Arquitectura de la Universidad Ecotec, explica que este movimiento reconfiguró el sur de la ciudad, convirtiendo la zona en un nodo industrial y logístico, mientras que el frente fluvial del centro quedó liberado para otros usos.
En las décadas de los setenta y ochenta, el historiador Víctor Hugo Arellano recuerda el desarrollo de centros comerciales como el Policentro y el de Urdesa, así como la creación de ciudadelas como Samanes, Sauces y Alborada. La inauguración de la primera etapa de la avenida Perimetral en 1987 impulsó un crecimiento irregular marcado por invasiones a lo largo de la vía. Poco tiempo después, la parroquia de Pascuales fue integrada como zona urbana de la ciudad.
Más recientemente, la urbanización se desplazó hacia la vía a la costa con Puerto Azul y hacia los cantones vecinos que integran el Gran Guayaquil. El conjunto residencial Los Lagos, en la vía a Samborondón, marcó el inicio de una migración demográfica hacia La Puntilla, la vía a Salitre y La Aurora en Daule durante las últimas dos décadas.
Félix Chunga, docente de Arquitectura de la Universidad Católica de Guayaquil, advierte que la ciudad creció predominantemente de forma horizontal, lo que comprometió el desarrollo sostenible. Aunque existen casos aislados en Kennedy y Alborada, el crecimiento en altura solo se ha consolidado realmente en el sector de Puerto Santa Ana.
Por su parte, Macías describe la transformación de Guayaquil de una "ciudad compacta mercantil" a una "metrópoli hiperfragmentada". Según el experto, el suelo urbano creció a un ritmo desproporcionado en comparación con la infraestructura de soporte. El modelo de expansión horizontal dispersa habría tocado ya su límite financiero y físico, provocando una crisis de movilidad metropolitana y servicios insostenibles, especialmente en la conurbación con Daule y Samborondón.
Ante este escenario, Chunga propone replicar el modelo de crecimiento vertical en otros puntos, como la vía a la costa, aplicando el concepto de "ciudad de 15 minutos" ya contemplado en el plan de desarrollo municipal. Asimismo, sugiere implementar un modelo de "ciudad esponja" para mejorar la permeabilidad de las superficies y evitar estancamientos de agua frente a los efectos del fenómeno de El Niño.
Para finalizar, Macías sostiene que Guayaquil se encuentra en un punto de inflexión urgente. Propone que el crecimiento futuro se base en la resiliencia climática, la redensificación cualitativa y la integración espacial apoyada en cuatro pilares: la densificación inclusiva y el retorno al centro para aprovechar edificaciones obsoletas, la creación de aceras anchas y arboladas con fachadas activas, la reducción del uso del automóvil mediante movilidad eficiente y la reconciliación fluvial a través de parques lineales y buses acuáticos. El experto concluye que la prioridad absoluta debe ser la optimización del suelo para mejorar la calidad de vida de los habitantes mediante una planificación estructurada.

